sábado, 14 de abril de 2018

PRÓLOGO

La capital de México, desde la Gran Tenochtitlan, se ha singularizado siempre por sus bellezas arquitectónicas, el trazado hábil y conveniente de sus vías, lo gracioso, pintoresco y vivo del indumento de sus habitantes. Viajeros, historiadores ilustres, que la visitaron en diferentes épocas, han dejado testimonios imperecederos de sus encantadas impresiones del México de ayer, de la ciudad capital, sobre todo, considerada en varias ocasiones de su existencia entre las soberbias urbes que, a este o aquel lado de sus dos océanos, más cautivan al visitante.
Hay un momento en la historia de la ciudad de México en que quizás es cuando más deslumbrantemente se reúnen sus gracias urbanas. Plumas insignes han descrito la fisonomía física y moral de nuestra metrópoli en los tiempos románticos de mediados del siglo XIX. Circunstancias decisivas, las de entonces, con el país en la angustia, en el peligro, bajo acechanzas múltiples, pero derechamente encaminado hacia firmes terrenos políticos, sociales y económicos, como hoy se aprecia.
Joven indígena
En aquel momento de gravidez patria, la Ciudad de México ofrecía un aspecto apacible, como de eternidad. No se percibe, al ver estas litografías, que el latido colectivo de quienes en ella residían emanaba de tantos y tantos corazones inquietos. Paz, sosiego, el placer de vivir, es lo que reflejan las estampas de aquel entonces. Edificios entre jardines; estilos arquitectónicos del Viejo y el Nuevo continente, armonizados, embellecidos con el encuentro. Orgía del barroco en las iglesias. Acueductos sobre cuyos airosos arcos corría el agua citadina a cantar en las labradas fuentes. Plazas inmensas, grandes solanas y abrigo, en sus portales, de los comercios más disímbolos. Mercados de todo objeto o producto apetecible del interior o de ultramar. Los obrajes de los herreros, de los alfareros, de los curtidores. Paseos umbrosos, alamedas, olmedos, cipresales, con amenos parajes en donde la gente se recostaba sin empacho, pobres y ricos. Gentes lujosas, sí, pero asimismo menestrales y artesanos con variopinto y discreto vestir.
Tlachiquero
Cómodo trazado de las rúas, y de bellas y largas perspectivas. Palacios, sin duda (¿no se le conocía por ellos?), pero también simples residencias y casa modestas, con un caballo, en carreleta los mejor portados; a pie, éstos y los otros, los del duro laborar cotidiano: carretas de carga, acá y acullá.
Aquí está, en estas preciosas láminas de hace un siglo, todo aquel repertorio de la vida de nuestra capital en uno de sus momentos más peculiares y trascendentales. No hay una televisión, un cine que lo eternice. No hay siquiera, fotografías. Eran otros tiempos, quietos, sosegados al parecer, pero muy característicos, pletóricos de anticipaciones. Y los retratan estas estampas estupendas, que han captado toda la peculiaridad inefable, toda la melancolía de aquel México.


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